sábado, 20 de agosto de 2011

Sobre la pobreza en Sinaloa

Todos los días nos encontramos en la prensa noticias que son síntomas de un serio aumento de la pobreza: deserción en las escuelas, miles de jóvenes que carecen de oportunidades de trabajo o estudio, huelgas en busca de mejores condiciones laborales, aumento en los precios de la canasta básica y en general de todas las mercancías, desempleo y un crecimiento generalizado de la delincuencia y otros fenómenos sociales que, indudablemente, tienen su origen en la miseria en que sobreviven millones de mexicanos.
 Las cifras oficiales, divulgadas recientemente por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), revelan que, de 2008 a 2010, la pobreza en México se incrementó en 3.2 millones de personas, con lo que se reconocen 52 millones de pobres en el país; de ese estudio se desprende que en el estado de Sinaloa, el número de pobres aumentó de 886 mil a un millón de personas, (es decir, del 32.5% al 36.5% de la población total). Sin embargo, la metodología de investigación seguida por ese organismo fue cuestionada por el Investigador del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México, Julio Boltvinik, ya que en el estudio del Coneval se consideran pobres únicamente a quienes tienen algún tipo de carencia social (educación, salud, seguridad, vivienda) y además tienen un ingreso inferior a la línea de bienestar, es decir, los dos parámetros juntos. Mientras aquellas personas que solamente tienen alguna de las carencias enlistadas se reconocen con el término de “vulnerables”; como también lo son quienes, sin tener carencias, perciben un ingreso inferior a la línea mínima de bienestar.
 Tomando en cuenta el método de Boltvinik, que considera que no hay una distinción entre las familias que están dentro de alguna de estas categorías o ambas, por lo tanto todos son pobres, lo que eleva la estadística nacional hasta 90.8 millones de seres humanos, pero distingue pobreza extrema y pobreza moderada. Con este método, en Sinaloa, el número de pobres sería más del doble de lo que la oficialidad reconoce: 77.8% de la población total del estado viviendo en algún grado de pobreza, lo que se traduce, en números cerrados, en 2 millones 150 mil personas.
Este crecimiento de la pobreza tiene dos vertientes. Por una parte el aspecto económico: el número de pobres aumenta porque el salario real que percibe un obrero o un empleado medio es cada vez más bajo.
Como ejemplo, el 1 de diciembre de 2006, el precio de la tortilla era de 7.00 pesos. Cuatro años y ocho meses después, este producto básico en la alimentación de los mexicanos ha aumentado casi al 100%. El 1 de enero de 2007, el salario mínimo en la Zona C, que incluye a Sinaloa, era de 47.60 pesos; el salario mínimo vigente en 2011 es de 56 pesos con 70 centavos, que representa apenas un 19% de aumento en el mismo lapso. Es decir, en 2006, un salario mínimo podía comprar 6.8 kilogramos de tortilla; en 2011, el minisalario sólo alcanza para comprar 4.2 kilogramos, a razón de 13.50 pesos.
La otra vertiente es que el número de pobres aumenta porque padecen el olvido oficial. No hay una política enfocada a dignificar la calidad de vida de quienes menos tienen: millones de mexicanos son excluidos del ámbito productivo al tener una elevadísima tasa de desempleo, 6.36%,  según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo más reciente (2° trimestre de 2011); la política educativa rechaza anualmente a cientos de miles de jóvenes que no pueden ingresar a las universidades o al bachillerato, amén de aquellos que desertan de los diversos niveles por razones económicas; y la falta de servicios básicos, de salud y de vivienda en las ciudades pero con más énfasis en las zonas rurales; en fin, los pobres de Sinaloa y de todo México padecen de la desatención e insensibilidad de quienes, desde la función pública, deberían construir condiciones de mayor equidad social.
Recientemente se dio a conocer también que Sinaloa tiene un rezago educativo del 30%, es decir, tres de cada diez sinaloenses tienen inconclusos sus estudios de primaria o secundaria o de plano no saben leer ni escribir.
Con estas son cifras de pobreza en la entidad, ¿por qué el gobierno se sorprende que haya tantos jóvenes involucrados en actividades ilícitas, como matones, como “burros” (transportistas de droga), como cultivadores, fabricantes y vendedores de estupefacientes?. ¿Por qué el gobierno se sorprende de que los jóvenes prefieran irse con el bando que les ofrece dinero fácil, camionetas lujosas, armas y poder en vez de con ese gobierno que los margina y que a sus comunidades las tiene sin escuelas, sin servicios médicos, sin agua potable, mucho menos sistemas de drenaje y alcantarillado, muchas veces sin electricidad y otra lista larga de carencias?
En cambio, en el mismo periodo 2008-2010, los empresarios más ricos de México aumentaron sus fortunas exponencialmente. Apenas en marzo pasado, la revista Forbes dio a conocer que el hombre más rico del planeta, Carlos Slim Helú, posee una fortuna de 74 mil millones de dólares. Tan sólo en el último año, el magnate incrementó su riqueza en 20.5 mil millones de dólares, más del 40% en relación a lo que ya tenía el año anterior.
¿Por qué es posible tal contraste entre abundancia y marginación? ¿Qué es lo que permite que en un mismo país haya un hombre que acumule 20.5 mil millones de dólares y por otro lado millones de seres humanos que apenas sobreviven con menos de 22 mil pesos al año? La respuesta está en el modelo económico, en la injusta e inequitativa repartición de la riqueza nacional.
Urge una nueva política a favor de los que menos tienen, un modelo económico que asegure mayor equidad. Y este debe provenir de quienes padecen y por lo mismo conocen los problemas: la clase trabajadora, organizada y educada políticamente. Esa es la tarea que Antorcha se ha echado a cuestas.

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